eBook El Japón que yo he vivido, Felipe Carbajo Garcia
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EL JAPÓN QUE YO HE VIVIDO 

por el autor   Felipe Carbajo Garcia


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ISBN: 9788498869613
Tema: Historia - Historia
Editorial: VISION LIBROS
Fecha publicación: 2010
Páginas: 232
Idioma: Español

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Reseña

Pienso que la mayor parte de los que hemos venido a hacer del Japón nuestra segunda patria estaremos de acuerdo en la ensiguiente observación que guardo en mi memoria, sin que ahora me sea posible fijar su procedencia. El extranjero que, por primera vez, ha puesto sus pies en el País llamado también del sol naciente, sin saber cuándo habrá de abandonarlo, a las dos o tres semanas de estancia en el mismo advierte que de su mente fluyen raudales de ideas, enmarañadas y alucinantes, capaces de componer un libro de tamaño impresionante. Pasados los seis primeros meses, habituado al fastuoso tinglado de los misteriosos caracteres publicitarios que, más que estar pregonando un artículo comercial, se le antojaban destinados al embellecimiento de las calles; resignados ya sus pies a la imposición casi religiosa de tener que depositar sus zapatos a la entrada de los templos, hospitales y viviendas; después de estos seis meses de aclimatación, el mismo aturdido forastero no ve ya ninguna necesidad de aquel respetable primer tomo, pensando que con un reportaje ilustrado en un buen semanario sería más que suficiente para dejar satisfechos sus anhelos publicitarios. Tres años después, convertido en un tornillo más del engranaje de esta colosal máquina nacional, aquel boquiabierto novel residente en Japón no encuentra ya motivo alguno ni para el soñado mamotreto primitivo ni tampoco para el brillante reportaje en una prestigiosa revista popular, sino que está convencido de que le bastaría con un simple artículo de compromiso en un periódico o folleto cualquiera de provincia. Me imagino que todos o casi todos los que contamos en lustros el tiempo que llevamos comiendo arroz con palillos, durmiendo sobre el tatami (no en el suelo, ¡por favor!), aclimatada nuestra piel al baño diario sumergidos hasta las orejas en una tina de agua a 45 grados (más propio, a los ojos de un extraño para desplumar pollos en la cocina de cualquier hotel que para el aseo del cuerpo humano), casi todos, digo, hemos pasado ese sarampión de querer descubrir a los occidentales lo inaudito del Japón. Incluso, algunos, en plena fiebre del achaque, llegamos a poner manos a la obra, amontonando cuartillas farragosas y plagadas de interjecciones que, por fortuna, no llegaron entonces a ver la luz pública. Debido a esas primeras impresiones, lanzadas en los medios de comunicación al primer golpe de vista, se explica que Europa esté llena de ideas sobre Japón que a veces no cumplen la condición ni siquiera de medias verdades. Llegar e intentar decirlo todo enseguida sobre un país y sobre el espíritu de sus gentes es una gran temeridad. Y estoy seguro de que aún más en el caso del País llamado del sol naciente. Sin embargo, y sin querer desdecirme de las observaciones expuestas, también es verdad que, llegados a viejos, los años y las experiencias acumuladas vienen a confirmarnos de que las diferencias existen realmente, con raíces, además, mucho más profundas y trascendentales de lo que aquellas primeras impresiones nos dejaron suponer. Al corazón de un pueblo, como al corazón de una mujer, se llega con frecuencia cuando uno menos se lo espera. Mas tampoco este primer hallazgo creemos que sea suficiente. Al mismo ha de seguir la sedimentación y complemento del contacto diario durante meses, años y repetidos lustros de íntima convivencia para que la asimilación pueda acercarse, siquiera, a una estimable realidad. Cuando caemos en la cuenta de que llevamos una semana acompañando nuestras comidas con el arroz cocido, sin advertir la ausencia del pan; cuando leemos la edición del periódico en japonés, sin caer en la cuenta que estamos siguiendo justamente el orden inverso de la edición inglesa; cuando deja de extrañarnos que la madre le dice todo con la mirada y una leve inclinación a la hija o al esposo al encontrarlos en el aeropuerto después de años de ausencia, sin ofrecerles un beso ni contacto alguno de tipo personal; entonces podemos empezar a sospechar que ya andamos cerca del espíritu de este pueblo. Así y todo, tratándose del japonés, hemos de confesar que, aun después de 50 años de convivencia, las incertidumbres continúan existiendo, según me comentaba hoy mismo un veterano colega y amigo. En fin, eso: el arribo personal, sólo personal insisto, a la cultura y al alma del pueblo japonés es lo que me gustaría se desprendiera y dejase ver en las siguientes divagaciones, pensadas y escritas a trompicones para ti, amigo lector, con amor desde el Japón.

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