eBook El sueño de Vanesa, Isabel Sanchez Fernandez
Ebook

EL SUEÑO DE VANESA 

por el autor   Isabel Sanchez Fernandez


(0) Votos
    
(9) Vistos
    
(0) Comentarios
    
(0) Me gusta 

ISBN: 9788497709460
Tema: Literatura - Literatura
Editorial: VISION NET
Fecha publicación: 2011
Páginas: 148
Idioma: Español
Formato electrónico:  PDF  (5373KB)

Formato Precio Comprar
eBook US$ 5.98
Valoraciones usuarios
5 estrellas
(0)
4 estrellas
(0)
3 estrellas
(0)
2 estrellas
(0)
1 estrella
(0)

Reseña

Fruto de la moda americana que nos invadió a finales de los setenta resulta el nombre de Vanessa, nuestra protagonista. Era una época en que el fenómeno hortera alcanzó su máximo esplendor y se elevó a la categoría de primera potencia mundial. Había que buscar nomenclatura poderosamente pornográfica y greñas de raposa para acompañar la estética fálica de los misiles y de los casinos de Las Vegas.
Dolores, María o Juana pasaron a engrosar las listas del kistch. Nombres que quedaron relegados a puro provincialismo. Nadie quería rememorar a través de sus hijas a aquellas abuelas enlutadas de pueblo, tan lejanas en el tiempo y sin embargo desterradas, aunque todavía vivas. El sol ya no yacía sobre sombreros de paja, sino que deshacía gorros de baño repletos de flores de goma. Se cambiaron las alpargatas por las zapatillas de cuña y la pandereta por el karaoke. Toda una revolución social.
Nuestra protagonista fue víctima de tal acontecer, tan nimio como importante. Sólo un nombre de pila que le acompañará hasta el fin de sus días.
Los padres de Vanessa creían sentirse inmersos en una sociedad moderna. De jóvenes abandonaron su pueblo natal para buscar nuevos augurios en la gran urbe entre llantos de pena y de ilusión, y siempre con la esperanza de volver. Pronto juntaron algún dinerillo y pudieron casarse. Se instalaron en una de tantas ciudades dormitorio para dormir. Eso sí, después de pasarse todo el día trabajando. Así fue como nació su única y preciada hija.
El padre fue mecánico de camiones durante muchos años. Trabajaba en una gran empresa hasta que le ofrecieron la jubilación anticipada, la cual aceptó gustosamente. Por las tardes hacía horas extras cobrando recibos a morosos. Era un hombre pequeño y famélico, pero a pesar de su poca envergadura no había acreedor que se le resistiese. La compañía para la que prestaba sus servicios se hacía cruces. No sabían cuál podía ser la fórmula de su éxito. Tenían entendido que durante sus visitas la presión que ejercía era tal, que incluso había hecho llorar a más de uno. Lo cierto era que este hombre se desvivía por su familia y todo lo hacía por su mujer y su hija, sin pensar en él. No quería que nada les faltara, para ello se había dedicado a ahorrar y a mirar con sumo cuidado hasta el último céntimo. La madre era una mujer grande y corpulenta, en contraposición al padre. Toda ella emanaba energía por los cuatro costados. Acudía cada día a una vivienda de la zona alta donde ejercía como empleada de hogar. Allí, envuelta en lujo, fue donde aprendió y se acostumbró a soñar, habilidad que fácil y rápidamente transmitió a su hija.
Fascinados por la gran ciudad y por el modo de vida que habían adquirido abandonaron pronto su sueño de volver al sur y trabajaron duro para colmar de cuidados y atenciones a su pequeña. Querían para ella un buen futuro, unos buenos estudios, o mejor aún, una carrera universitaria, pero Vanessa no estaba por la labor. Nunca cultivó el sentido de la responsabilidad, entre otras cosas porque no sabía con exactitud lo que aquello significaba. Se sentía fuertemente atraída por todo lo material, no tanto por lo que se ve y se palpa, sino más bien por lo que se puede comprar. Pero la muchacha no se consideraba nada ambiciosa. No anhelaba casa con piscina ni vacaciones en el Caribe. Para ella la calidad de vida consistía en la adquisición de cosas, muchas pequeñas cosas. Un simple bolso, una licuadora o una triste barra de labios la hacían enormemente feliz. Simplemente eso. Lo que le hacía verdaderamente sentirse afortunada era el hecho de haber encontrado la fórmula de la felicidad, tan buscada en estos tiempos y por todo tipo de personas: inteligentes, ricas, guapas, cultas y ella, sin estudios ni nada, mira tú por dónde. Desde pollita seguía fielmente las modas. Había asumido con orgullo ser una fashion-victim. Siempre estaba pendiente de su aspecto físico y de cómo mejorarlo. Pensaba que las mujeres que actuaban así podían ser de dos tipos: feas o guapas. Las feas porque no tenían más remedio que medio disfrazarse si querían estar mínimamente visibles y las guapas porque debían resaltar sus atributos con orgullo. Ella se incluía en este último grupo, por supuesto. Se creía sumamente guapa, gracias en gran parte a su madre, a la que gustaba alardear de la belleza de su hija ante todo el mundo.
Ahora Vanessa es una mujer joven, sana y atractiva y cree haber conseguido todo lo que quería en esta vida. 
Cuando se casó pensó que su objetivo final ya estaba alcanzado y que sólo le faltaba superar algunas metas volantes que se saltó por el camino. Para ello asiría su mejor arma: su cuerpo. Se sentía deseada por todo aquel que se cruzaba con ella y la miraba algo más de un segundo. Eran momentos concisos que le administraban una gran dosis de seguridad.
Nuestra protagonista es alta y corpulenta, aunque delgada, gracias a que continuamente está a régimen. Hace tiempo que se acostumbró a comprar cada semana una revista del corazón de esas que incluyen una dieta alimenticia para adelgazar. Cada vez era diferente, por lo que las había probado todas y cada una de ellas. Las seguía a rajatabla, pues sabía que si no quería engordar tenía que comer como un pajarito.
Su aspecto es el de cualquier mujer joven que no siente todavía el paso del tiempo pero lo espera acorazada. Defiende y aprovecha su lozanía, saca partido a su inmaculado cutis y al azul de sus ojos, ayudada en todo momento por todo tipo de potingues y mejunjes. Su cabello oscuro, fuerte y abundante, le ha permitido presumir de leónida melena. Pensaba que su considerable papada y su prominente nariz pasarían inadvertidas ante la inmensurable belleza del resto. Lo cierto es que ella es una mujer coqueta y nada más, digan lo que digan y pese a quien pese.
Se casó con un buen hombre después de varios fracasos sentimentales. La abandonaron varios novios que no supieron valorar lo que tenían o más bien todo lo contrario. Se acobardaron ante la perfección personificada y huyeron, o por lo menos ese era su convencimiento. David, su marido, también era joven, algo más que ella, y lo conoció porque se lo presentaron en una boda unos amigos comunes. Después del banquete se pegó unos cuantos bailoteos para llamar su atención. Tenía aspecto de bobalicón, regordete y barbilampiño, pero no se le podía considerar feo, era pulcro e iba correctamente vestido, sin rayar nunca en la frivolidad.
Antes de empezar la relación, a Vanessa le dieron buenas referencias de David. Le dijeron que era un buen chico, trabajador y con un buen sueldo, que no bebía ni frecuentaba malas compañías, además tenía piso y coche propio ¿Qué más se podía pedir? Lo cierto es que a la muchacha le costó un poco camelárselo pues al principio no parecía estar muy interesado por ella, era tímido y apagado y por eso tuvo que sacar sus armas de mujer para conquistarlo. Su matrimonio iba viento en popa y exceptuando algunos problemas de erección y halitosis que padecía el hombre, todo era coser y cantar.
Al año de la boda, como mandan los cánones, tuvieron un precioso bebé, se llama Álex y de esto ya han pasado cinco años. Rubio como el padre, tiene los ojos de la madre. Toda una preciosidad, un niño dócil y tranquilo que nunca les ha causado problemas. Verdaderamente se puede decir que Vanessa ha visto su felicidad colmada.
Dedicada por completo a su hogar, dejó los grandes almacenes donde trabajaba cuando quedó embarazada. Tenía que cuidar de su hijo y nunca se arrepintió de ello. De vez en cuando recordaba aquellos días de trabajo. Cuando acababa la jornada deba una vuelta por todas las secciones sin prisa alguna. Allí fue donde aprendió a vestirse. Se probaba ropa una y otra vez, conocía todas las marcas y modelos y sabía a la perfección que era lo que mejor le sentaba solo con echarle un vistazo. En la sección de cosméticos siempre le guardaban muestras de todo tipo dado que también era una gran clienta. Así era como tenía acumulado un gran arsenal de productos de belleza y perfumes de todo tipo que le permitía hacer uso de uno u otro dependiendo del estado de ánimo, del día de la semana o de cualquier situación inesperada. Era por todo esto que a veces echaba de menos a sus compañeras de trabajo y también a su jefe, pero no le costó buscarse nuevas amigas. Tranquila, metódica y apacible vida la de Vanessa.

Tu opinión sobre este libro es importante: