eBook Guía de Tahití, JM Alonso Ibarrola
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GUÍA DE TAHITÍ 

por el autor   JM Alonso Ibarrola


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ISBN: 9788498861891
Tema: Ciencias Humanas - Geografía
Editorial: VISION NET
Fecha publicación: 2010
Idioma: Español
Formato electrónico:  PDF  (22253KB)

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Reseña

Tratando de no caer en la edulcorada literatura de las guías turísticas al uso, debo decir, en honor a la verdad, que Tahití y sus islas ofrecen todo lo que el visitante añora, sueña y desea: sol, temperatura agradable todo el año, sosiego, paz, aire refrescante por la noche, playas de arena blanca, aguas transparentes y limpias, posibilidad de surf y buceo, pesca abundante, palmeras y cocoteros, y una tupida vegetación. Hay ausencia casi total de animales dañinos, molestos o peligrosos. Los tiburones están fuera de los lagoon , es decir, de ese terreno que media entre tierra firme y los arrecifes coralinos. Hay maravillosos y carísimos hoteles, con sus bungalows, sostenidos sobre palafitos, en las lagunas, diseñados para parejas en busca de soledad. Por la noche, el silencio total, sin que medie el molesto televisor, tomando una copa, en el salón, se pueden encender las luces de la mesa de centro de cristal. Y observar abajo, como por arte de magia, se ven los peces de increíbles colores paseando tranquilamente atraídos por la luz. Por la mañana, tahitianas sonrientes y con sus collares de flores, ofrecen el desayuno, traído sobre frágiles piraguas. Decir Tahiti es referirse a un mito creado por los primeros navegantes españoles-. Ese mito del paraíso terrenal, del Edén que no lo inventaron ni crearon franceses ni ingleses ni estadounidenses porque La Nouvelle Cythère de Bougainville que tanto estragos causó en Europa entre Émile Rousseau y sus seguidores, ya había sido soñada por Álvaro de Mendaña y Pedro Fernández de Quirós. El primero buscaba las minas del Rey Salomón en forma de islas y el segundo soñaba con un nuevo continente que realmente existía y se llama Australia. Aquí nació el mito y así lo sostiene valientemente la escritora francesa Annie Baert en el propio Tahití contra la opinión de muchos detractores. Otras veces los mitos surgen de una casualidad. Si Van Gogh no hubiese regalado a Paul Gauguin una novela de Pierre Loti, a aquel no le hubiesen entrado los deseos de emigrar a Tahití. Si la British Royal Army no hubiese tenido la ocurrencia de enviar a La Bounty a Tahití en busca del árbol del pan, el Uru, jamás se hubiera producido una rebelión. Años más tarde surge de nuevo el mito de Tahití cuando Thor Heyerdahl y sus compañeros de viaje llegan en una balsa la Kon-Tiki al archipiélago de las Tuamotu, tratando de demostrar, lo indemostrable. El turismo que afluye en la actualidad, ya no lo promueven esos escritores que describían un paraíso que no existe y que quizás nunca existió. El escritor Henri Adams, en sus Cartas de los Mares del Sur , escribe: Tahití es la belleza de un alma perdida . Y arremete con los que le deformaron la realidad con la que se encontró cuando llegó. Debemos reconocer que nos alimentamos de mitos y Tahíti y sus islas los han proporcionado a través de la literatura, la pintura y el cine. Escritores como Pierre Loti, Herman Melville, Jack London y Robert Louis Stevenson acrecentaron este mito. Pero es obligado añadir a la lista dos mediocres escritores estadounidenses Charles Nordhoff y James Norman Hill- que con sus tres libros dedicados a la rebelión del buque británico Bounty suscitaron gran interés y expectación por Tahití y sus islas. De la obra literaria se pasó al cine y se rodaron cinco versiones. Me contaba el ya fallecido escritor australiano Robert Langdon que se habían escrito mil doscientas tesis universitarias en torno al tema de los marinos que se resistieron a dejar el paraíso y volver a Inglaterra con el uru , es decir, con el árbol del pan. Pero por encima de libros y tesis, se creó el mito por antonomasia con la película Rebelión a bordo , que protagonizara el inolvidable Marlon Brando en una de sus más geniales actuaciones. En nuestro país, curiosamente hay cierta literatura en torno al mito , uno de estos libros se titula Islas de ensueño y su autora es una catalana, Aurora Bertrana, que vivió tres años con los indígenas de Tahití, Huahine y Bora Bora. Lo escribió en los años treinta del siglo pasado. También Guillermo Díaz Plaja habla de Tahití en Las ínsulas extrañas ; y otro catalán, Josep María Segarra, en La ruta azul describe maravillas. El canario Benito Pérez Galdós, en sus Episodios Nacionales , en el titulado Numancia , ofrece una curiosa visión del mundo de Tahití y dado que, don Benito no viajó a aquellas islas, algún oficial del buque debió contárselo o leyó sus diarios personales. También los Mares del Sur han provocado en la historia del Cine decenas de películas, centenares de documentales y miles de reportajes televisivos. Son escasas, sin embargo, las películas rodadas en escenarios naturales de la Polinesia. Me caen muy bien los tahitianos. Son muy suyos, pero hay que tratar de comprenderles. Tienen sus días malos, de depresión. Ellos dicen entonces que tienen el fiu , que es otra palabra clave como tabú . Cuando un tahitiano está fiu es inútil obligarle a hacer nada. Es la depre isleña. Pero la depresión puede afectar a cualquiera. Los europeos siempre miramos el mundo desde nuestro ombligo, y lo que nos rodea es circunstancial. Pero los habitantes del Pacífico se ven como puntitos minúsculos en medio del gran mar y todo queda muy lejos. Durante medio año, la diferencia horaria entre Europa y Tahití es de doce horas, y es que son casi las antípodas. Pero merece la pena el viaje, merece la pena el esfuerzo. La Polinesia es una pasión, mejor dicho, puede ser una pasión. Quizás, hasta el momento, no haya escrito el nombre del personaje que más admiración me ha suscitado siempre al referirme a estas islas: Paul Gauguin. Tengo la convicción de que fue el único que no deformó la realidad tahitiana. Y es que Gauguin sólo reflejaba lo que veía... Y esas cosas que veía todavía están vigentes en Tahití, siguen vivas. Si ves rojo, pinta rojo , aconsejaba. Y los rojos que se ven en Tahití son de muerte súbita. Esos atardeceres en Moorea, vistos desde Tahití, no pueden describirse a través de la literatura. Solamente sirve la pintura de Gauguin, que fue feliz y desgraciado en estas tierras casi al mismo tiempo. Papeete es insufrible, con su caos de tráfico y calor, condensado por tantos acondicionadores de aire. Pero es obligado dar una vuelta a la isla - a fin de cuentas solamente son 150 kilómetros - para irse luego de estampida a otras. Enfrente está Moorea, que es una maravilla de isla, pero que comienza a poblarse en demasía. En los más de veinte años que llevo siendo testigo del devenir de estas islas, constato con preocupación que la civilización avanza inexorable. Quizás donde más estragos se han cometido es en Bora-Bora, la más conocida de todas ellas, la más cosmopolita. Todos los turistas cumplimentan una vuelta que conduce invariablemente a las islas de Moorea, Huahine, Raiatea-Tahaa y Bora-Bora. Y más alejadas, en el archipiélago de las Tuamotu, Rangiroa, uno de los atolones más grandes del mundo, y Manihi. En los folletos que proporcionan las agencias de viajes y en las guías al uso, están incluidas las inevitables recomendaciones. Tras el collar, vendrá la compra y puesta en uso de los pareos. Luego, una noche, hay que asistir a un festival folklórico. Todos los hoteles de categoría tienen el suyo. Otra noche hay que degustar el Tama-raaa , pescado, pollo, carne de cerdo generalmente envueltos en hojas de plátano e introducidos bajo tierra entre piedras porosas basálticas, luego todo cocido en el horno tahitiano . Y luego a bailar el tamouré . Es inútil negarse. Todos han de bailarlo y si no se tiene valor, bebiendo la cerveza nacional de estas islas, la Hinano , se puede afrontar el ridículo. Los tahitianos abusan de la cerveza. Beben en exceso, muchas veces para combatir el fiu . Por desgracia, hace años que se introdujo en las islas el cannabis, que aquí llaman pakalolo . Con la cerveza es una combinación ideal para romperse la crisma en las madrugadas de los viernes y sábados, en el circuito que constituye la isla de Tahití. Han llegado también a Papeete las grandes superficies. El turista se asombrará de los precios, excesivamente caros. Pero es que en la Polinesia francesa todo hay que importarlo. Ellos sólo tienen los peces, la copra, es decir, el aceite de coco, los cochinillos, el atún - exquisito por cierto - y las perlas negras cultivadas, que alcanzan precios astronómicos. Si Tahití es un mito que se hace realidad al conocerlo, con las tahitianas sucede lo mismo. Pero pocos sabrán nada más acerca de ellas. A lo sumo, adornando algún calendario folclórico. Son las profesionales del turismo, al igual que las danzarinas, inevitables en todo festejo montado para los turistas. Sus típicos bailes, con ese movimiento de caderas pronunciado, sin mover el busto, sólo se logra con un aprendizaje que comienza en la niñez. La tahitiana es la vahine , la mujer, que ya a los trece años asombra a los turistas por su grácil figura y su manera de bailar las danzas típicas. Es libre por naturaleza y púdica por educación... impuesta. Los tabúes ancestrales fueron sustituidos por otros tabúes importados por los misioneros protestantes y sacerdotes católicos posteriormente. La tahitiana es una mujer muy seria y respetuosa. Aseguran que los tahitianos eran muy felices antes de que llegaran los religiosos de cualquier índole. Es una exageración. Porque en los marae, es decir, en esos recintos sagrados que en todas las islas se muestran a los turistas, se celebraban ceremonias con sacrificios humanos y practicaban el canibalismo. Las agencias de turismo han incorporado a sus circuitos la asistencia a una función religiosa protestante o católica. Son espectaculares. Los feligreses compiten con sus blancos trajes y sombreros espectaculares. Cantan a su manera a voz en grito y a varias voces, pero resulta emocionante escucharlos. Los bailes tradicionales no son lo que eran, pues hace siglos que pasaron por el cedazo de la decencia, y esos medios cocos que hacen de sujetador en las bailarinas no son precisamente una invención tahitiana. Pero, lo que sí inventaron los tahitianos fue el surf, aunque los hawaianos no estén muy conformes. Este deporte se practica mucho en las islas. Hay otro deporte menos peligroso y también muy gratificante: el buceo. Bucear en Tahití y sus islas es uno de los mayores espectáculos acuáticos que la vida puede ofrecernos. Peces de todos los colores, con los tiburones cercanos, pero que jamás atacan. Ni en Tahití ni en ninguna de sus islas se han construido grandes rascacielos, como sucede en Hawai, por ejemplo, que rompen el paisaje. Si esto es el paraíso es debido no solamente a su gratísima temperatura media, a su flora, a su fauna, a su cielo, a los colores del agua, del lagoon , del mar profundo, sino a la ausencia de todo animal peligroso. Aquí no hay serpientes, ni víboras, ni alacranes, ni escorpiones, ni fieras. Nunca los hubo. Hay caballos que corren y trotan en las orillas de las playas, esos caballos quizás descendientes de los que retratara Gauguin. Solamente hay un peligro: los mosquitos, implacables como en todos los lugares del mundo. Y sobre todo, uno en particular: el nono , que se ensaña con los turistas y que ataca al atardecer, especialmente en las playas de arena blanca coralífera. Los turistas que llegan al aeropuerto de Faaa -en Papeete, la capital de Tahití reciben somnolientos, habitualmente tras una paliza de avión de mucha consideración, un hei , un collar de flores. Las flores son para la llegada. Los collares de conchas para la salida. Suelen venir de dos en dos, agarraditos de la mano, porque el turismo imperante en la actualidad es de luna de miel sobre todo. Generalmente son parejas que han decidido en estos tiempos de crisis invertir en su amor (Invest in your love) en una promoción muy original que está llevando a cabo Tourisme Tahiti. También llegó a estas islas una pareja española, el Príncipe Felipe y Letizia, en una escapada secreta en su luna de miel. Llegaron a la isla de Tahaa en un vuelo privado con un escolta y se alojaron de incógnito en un hotel maravilloso. Más reciente ha sido la luna de miel de la Princesa Victoria de Suecia y su marido. Pero, no todo son parejas enamoradas. Cada día llegan más surferos, buceadores y senderistas, que tras disfrutar de sus deportes favoritos regresan a sus respectivos países con la impronta de un tatuaje que más tarde, quizás el láser borrará. El mundo tahitiano está tomando conciencia de su cultura autóctona y de los destrozos que causó el colonialismo europeo. El término Polinesia Francesa intentan utilizarlo los nacionalistas lo menos posible, prefieren denominar a la región: Tahití y sus islas. Se habla el francés, idioma oficial, pero cada vez se escucha más el tahitiano y, en las Marquesas, el marquesano, que es muy diferente. Presiento y presumo que las cosas se van a complicar en Tahití Nui. Es así como denominan ahora los tahitianos a Tahití y sus islas. De todos modos no creo que lleguen jamás a pedir la independencia total porque no les conviene y no podrían sobrevivir. Para Francia, Tahití y sus islas han sido una especie de amante cara y lo sigue siendo. Francia cometió el inmenso error de llevar a cabo unas explosiones nucleares entre 1966 y 1974 en este paraíso terrenal y desde entonces intenta hacerse perdonar, aunque el victimismo nacionalista siempre resulta insaciable. Pero existe ya una conciencia nacional imparable con un claro peligro: que inventen una cultura falsa, artificial y exportable, eliminando la memoria histórica y justificándolo con la condena de un colonialismo mal entendido. Quienes auguraban que el Pacífico está llamado a constituirse en el ombligo del mundo de cara al tercer milenio parecen estar en lo cierto. El continente americano y asiático con Australia y Nueva Zelanda en medio, confieren a esta inmensa región terráquea un poderío económico y cultural sin límites. La cultura americana y la oriental se enfrentan, pacíficamente ahora, en una lucha de influencias y mercados. Europa mantiene un reducto, la Polinesia Francesa. Ese paraíso, ese edén de los Mares del Sur se mantiene todavía intacto, sin haber sido dañado todavía por un turismo masificado. Contribuye a ello las grandes distancias, que encarecen los costes del viaje. No sería de extrañar que en el último reducto de la cultura latina en el Pacífico, ésta sea reemplazada por la cultura anglosajona que alienta, soterradamente, el movimiento independentista, sobre todo a partir de las tristemente célebres explosiones nucleares de Mururoa. Quizás, en venganza, Hollywood rodó una película con un monstruo, Godzilla como protagonista, al que hacían resurgir como consecuencia de las explosiones nucleares francesas. Existen en el mercado editorial guías escritas en francés e inglés, originariamente, pero ninguna en castellano. Todas ellas, por supuesto, ofrecen informaciones e indicaciones elaboradas y dirigidas a sus compatriotas, dando especial énfasis a sus antepasados respectivos, que discurrieron por los Mares del Sur ignorando, o queriendo ignorar, que también los españoles ya estuvieron presentes, antes que nadie. Yo empecé a saberlo tras mi primer viaje, que llevé a cabo en el año 1988. El 23 de octubre del citado año, visitaba el Museo de Tahití, cercano a Papeete, y de repente, en una de las salas, mi vista se detuvo en un cuadro al óleo. Era el rostro de un marinero y el rótulo decía: Domingo de Bonechea. Natural de Guetaria . Realmente fue esta referencia al lugar de nacimiento, lo que provocó que reparara en el cuadro, porque mi abuela era natural de la citada localidad vasca, que también viera nacer a Juan Sebastián de Elcano, el primer navegante que dio la vuelta al mundo. Me pregunté que hacía un marinero guetariano en aquel Museo y por las prisas que llevaba, ni tan siquiera tuve la oportunidad de leer el rótulo explicativo. Días más tarde me encontraba en un mercado del atolón de Rangiroa y su dueño me preguntó de dónde era y qué hacía por allí. Al responderle que era español y tomaba notas para unos reportajes, me preguntó: ¿Han encontrado ya el tesoro? . ¿Qué tesoro? , le pregunté. El de Bonechea , me respondió. Y sonrió. Desde ese momento, Bonechea y su leyenda entraron de lleno en mi vida, pues en el transcurso de la misma he tenido la oportunidad de llevar a cabo siete maravillosos viajes.

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