eBook Los veranos de Julia, Maria Isabel Munoz Sotes
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LOS VERANOS DE JULIA 

por el autor   Maria Isabel Munoz Sotes


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ISBN: 9788498866445
Tema: Literatura - Literatura
Editorial: VISION NET
Fecha publicación: 2011
Páginas: 104
Idioma: Español

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Reseña

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... ¡Ahora! Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... ¡Ahora! Uno, dos, tres...El faro de Villa Real de Santo Antonio, al otro lado del Guadiana, había iniciado su actividad a las nueve y cuarto. El sol se acababa de caer al mar dejando el cielo teñido de rojo y una estrella solitaria avanzaba la noche. Hacía bastante tiempo que el gitano la dijo que se le habían puesto los ojos verdes de tanto mirar al mar, pero aquel atardecer el mar estaba de plata y no se movía. Por delante de su terraza regresaba la flota pesquera al puerto. Los barcos entraban lentamente por la ría Carreras: uno detrás de otro, con sus luces rojas y verdes: Las rojas a babor y las verdes a estribor. Seguramente volvían cargados de pescado, a juzgar por la cantidad de gaviotas que los sobrevolaban. Una semana antes, uno de los barcos que salió a faenar no regresó. Un golpe de mar acabó con él y sólo pudieron rescatar con vida a tres de los cuatro marineros que lo tripulaban. Son desgracias que ocurren todos los años.Entre Julia y Manuel existía una química especial: Se intuían, se presentían. Julia iba a su apartamento todos los meses al menos durante un fin de semana y más si se lo permitía el trabajo. La disculpa era dar una vuelta al apartamento para ventilarlo y poder mantenerlo limpio y ordenado. Pero la realidad era que desde su terraza, frente al mar, cargaba las pilas para la próxima temporada. De modo que sólo en la contemplación de aquel inmenso charco: unas veces tranquilo, otras agitado. Por el día verde y al atardecer del color de la plata, encontraba el sosiego que tanto necesitaba para sobrellevar la responsabilidad de su trabajo y la decepción de su matrimonio. Nunca hablaba por teléfono con Manuel pero él intuía cuando llegaba Julia y Julia sabía que allí estaría Manuel esperándola. Se saludaban con un lacónico ¿Que tal Manuel...? ¡Hola señora! Cargaba con las maletas, subían juntos al apartamento y se sentaban en la terraza, frente al mar, con unas cervezas que apenas bebían. En aquellos encuentros faltaban las palabras pero los silencios estaban cuajados de sentimientos reprimidos.Manuel, de raza gitana, moreno por sus genes y curtido por el sol de Andalucía, contrastaba con Julia, de aspecto frágil, pelo castaño y ojos claros. Él era diez años más joven que ella y aunque en otro tiempo había compartido su vida con alguna mujer, permanecía soltero. Julia se casó muy joven y tenía dos hijas adolescentes. Su desafortunado matrimonio se adivinaba desde el principio pero ella no se solía lamentar.Manuel trabajaba en libertad sólo para cubrir sus gastos. Del mismo modo salía a la mar, enrolado en un barco de pesca, que pintaba los apartamentos de los forasteros, o iba en su bote a coger pulpos en la desembocadura de la ría. Sabía que la libertad no existía, que era sólo una palabra bonita, pero fingía no saberlo y vivía como si fuera libre. No tenía horario ni más necesidades que las que sentía y algunas que se inventaba, de las que podía prescindir en el peor de los casos. Afortunadamente nadie dependía de él y él tampoco dependía de nadie.Julia tuvo una infancia triste de niña rica, en una casa poco acogedora. En la familia había un secreto y eso la privó de tener amigos y la propició un carácter reservado. Estudió, con éxito, ciencias económicas y antes de terminar la carrera ya tenía trabajo. Ella tampoco creía en la felicidad pero deseaba emanciparse y se casó con un hombre que no la convenía, a pesar de que se lo habían advertido. El fracaso de su matrimonio le sirvió de estímulo para su desarrollo personal y en la lucha contra la soledad había llegado a alcanzar un alto nivel de responsabilidad profesional.Manuel era sensible y reflexivo, con una extraña capacidad intuitiva y de comunicación para con ciertas personas, que le permitía expresar sus sentimientos sin necesidad de hablar. Y Julia también era sensible y reflexiva, aunque sólo con Manuel había experimentado aquella posibilidad de comunicación extrasensorial. Era el punto que los unía y que a la vez los separaba, pues los dos sabían que entre ambos existía un mundo casi imposible de superarLa nostalgia invadió a Julia aquel atardecer, ultimo de las vacaciones.Sus hijas se marcharon a Madrid con el padre el mismo día por la mañana y ella se quedó un día más con la disculpa de lavar la ropa y dejar el apartamento en orden. Durante todo el mes de agosto Manuel y Julia habían hablado en pocas ocasiones. Se habían visto de lejos y se habían presentido, pero hablar, lo que se dice hablar, sólo un par de veces, cuando Manuel les había llevado pescado recién cogido.Al día siguiente Julia se despertó a las ocho, como era su costumbre, pero no se levantó de la cama hasta las nueve. Se resistía a finalizar las vacaciones y a volver a la rutina. Había proyectado salir temprano y llegar a Madrid a la hora del almuerzo, pero decidió hacerlo más tarde; al fin y al cabo ya no contaba con aquel día. Se puso la bata y desayunó sin prisas en la terraza, igual que hacía siempre que estaba sola. Era la despedida de aquella terraza que tantos beneficios le deparaba en su resignada soledad. Se duchó y en lugar de ponerse la ropa que tenía preparada para viajar, se puso el bikini y sobre el bikini una camiseta de algodón. Cogió la toalla y salió hacia la playa por el puente de madera.El sol prometía un día caluroso. Aun no eran las diez y se dejaba sentir. A lo largo y a lo ancho de la extensa playa no se veía una sola persona. La marea había empezado a bajar. Julia extendió la toalla sobre la arena húmeda y se tumbó encima. Su mente se encontraba en blanco. Ni ella misma sabía porqué estaba comportándose de aquel modo tan poco coherente. Sólo percibía un sentimiento de rebeldía con su destino.

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