eBook María Ward : peregrina de la esperanza, Maria De Pablo-Romero
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MARÍA WARD : PEREGRINA DE LA ESPERANZA 

por el autor   Maria De Pablo-Romero


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ISBN: 9788490115114
Tema: Religión - Cristianismo
Editorial: VISION NET
Fecha publicación: 2013
Páginas: 194
Idioma: Español

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Reseña

PRÓLOGO: ESBOZO DE UNA PERSONALIDAD HISTÓRICA


Las iniciativas de futuro eclesiales se personalizan en mujeres y hombres que, movidos por Dios, aportan a la humanidad y a la Iglesia vías nuevas de evangelización para necesidades y mentalidades diversas de las del pasado. Y es que estar atentos a las novedades que se van produciendo en la Iglesia y en el mundo a lo largo de los tiempos, capacita para detectar los movimientos del Espíritu que buscan una renovación constante para que el Mensaje no quede fuera de la época concreta en que es transmitido y sirva para el crecimiento adecuado según nos signos de los tiempos.

María Ward miró atentamente al mundo de su tiempo para descubrir sus interpelaciones, por eso ella constituye uno de los casos más sorprendentes entre los pioneros que han abierto nuevos caminos. Su idea de las posibilidades pastorales de la mujer no fue aceptada en su tiempo más que por un círculo reducido de personas. Pero gracias a su tesón y a su confianza en Dios y en su propia obra, las mujeres han podido ver evolucionar su participación en la vida eclesial y en la vida religiosa desde la clausura más rigurosa a las actividades más de frontera reservadas casi exclusivamente a los hombres.

Con ello empieza la vida de un Instituto de corte moderno, sin la clausura, con capacidad de movimiento, sin la tutela de alguna orden religiosa masculina y gobernado sólo por mujeres, logrando para la vida religiosa aquello que Ignacio de Loyola hizo con la Compañía.

Son importantes las envidiables cualidades humanas junto al poder de la gracia con que Dios dotó a María Ward. Su manera de actuar, con un coraje invencible, era más admirable que imitable. En todo era sencilla y natural teniendo un don singular para convencer. En las mayores aflicciones no perdía nunca la calma, demostrando un gran equilibrio de espíritu, siempre firme e inalterable.

Unas cuantas pinceladas, nos ayudarán a descubrir la fuerte personalidad y la santidad de María Ward.

Nacida en York en 1585, en el seno de una familia de fuerte raigambre católica, vivió una infancia azarosa y complicada en la época de Isabel I de Inglaterra con separaciones constantes de su familia debido a la persecución. Esto fue poco a poco modelando su carácter.

A los 20 años demostró ser una mujer libre y fiel a Dios en una llamada difícil de entender, sólo guiada por una incansable búsqueda de la voluntad de Dios, en medio de dificultades que se oponían a su esfuerzo de seguir una vocación religiosa. Con su padre, Sir Marmaduke Ward, viaja a Londres llegando al tiempo de la famosa Conjuración de la Pólvora , que tanto afectó a su familia. La precaria situación de los católicos ingleses había alcanzado un periodo crítico. Descorazonados por la tiranía y mala fe del rey Jacobo I, hijo de María Estuardo de Escocia, quien, como esperaban los católicos, no mitigó los furores de la persecución.

Los conspiradores pretendieron hacer saltar el Parlamento de Londres, cuando, en su apertura, estuviese el Rey presente. Pero descubierta la conjuración, los barriles no llegaron a explotar y todos se salvaron de saltar por los aires sobre las aguas del Támesis. Por eso aquel viaje debió de ser una carrera de obstáculos porque se había duplicado la vigilancia en busca de culpables y Sir Marmaduke, emparentado con los conjurados, fue apresado y sometido a interrogatorio. No era esto, ciertamente, lo que él buscaba en este viaje ya que lo que deseaba, era zanjar de una vez esta pretendida vocación y prometer en matrimonio a su hija con Edmundo de Neville, rico heredero del Condado de Westmoreland, fuerte reducto del catolicismo inglés.

El tenaz asedio montado contra la vocación religiosa de María Ward fue cerrándose más y más, ya que el padre no podía creer que su hija osara desobedecerle. Sin embargo conocía la firmeza de su carácter cuando se atravesaban cuestiones de bien o de mal. Ella estaba segura de una cosa: que aquello no era la voluntad de Dios. El Jesuita, P. Holtly, fue implicado en ese asunto para convencer a María Ward de que su decisión no era lo que Dios quería. Durante la Misa, que celebró en su casa, se le derramó el Cáliz, que él tomó como señal de no interferir en los designios de Dios. Esto le hizo exclamar: Nunca más pondré obstáculos a tu vocación, sino que haré todo lo posible para que la lleves a cabo .

María embarcó, al poco tiempo, para los Países Bajos, lugar seguro en donde las jóvenes inglesas podían encontrar paz y tranquilidad para seguir su vocación. No era, sin embargo, el final de una búsqueda. Tuvo mucho que sufrir antes de ver con claridad lo que el Señor le pedía.

Podemos presentar a María Ward como defensora de la mujer y pionera de su educación. Le tocó interpretar un papel relevante dentro y fuera de la Iglesia en la historia de las reivindicaciones de la mujer. En el terreno de las actividades apostólicas, su principal misión fue la educación de la mujer haciéndole apta para desenvolverse tanto en el campo del conocimiento como en el de la fe.

No cabía, por entonces, la idea de que las mujeres pudieran ocupar un puesto relevante tanto en la sociedad como en el apostolado directo de la Iglesia. La rehabilitación feminista estaba lejos todavía. En Saint Omer, y bajo la tutela de los jesuitas del Colegio Inglés, establece un colegio femenino. Iba siendo cada vez más consciente de la meta a la que Dios le iba conduciendo y estaba decidida a aportar su grano de arena en esta nueva misión de la Iglesia.

Pronto, Dios le fue enseñando el camino espiritual de S. Ignacio de Loyola y tras las gracias recibidas de los años 1609, 1611 y 1615 no le quedaron dudas sobre cómo organizar su nuevo Instituto y a sus seguidoras según las Constituciones Ignacianas. Hay que hacer un esfuerzo imaginativo para olvidar lo normal y corriente que, después de María Ward, ha sido para muchos Institutos religiosos femeninos adoptar las Constituciones y la manera de proceder de los jesuitas.

La obra de María Ward venía a ser el primer intento, a gran escala, que se hacía en la historia de la Iglesia para recoger todos los conatos parciales anteriores de participación de la mujer en el apostolado directo y por compaginarlos todos con una auténtica profesión de vida religiosa dentro de un gran Instituto, con lo que la mujer entraba, con todo derecho, a aportar su colaboración a la gran tarea moderna y contemporánea de la Iglesia, iniciada con la Contrarreforma.

Dos jesuitas, Leonardo Lesio y Francisco Suarez, teólogos de gran talla, dieron fallos contradictorios a su incipiente obra. El flamenco Lesio elogiaba y acogía bajo su protección a las damas inglesas como se les empezó a llamar. Sin embargo el español Suarez replicó, rompiendo lanzas, contra la novedad de aquellas inglesas cuya posición él veía como jurídicamente insostenible.

Es clave la mentalidad de los diversos ambientes, los diversos estilos en los que se desarrollaba la vida religiosa femenina en sus respectivos países de origen. La posición geográfica de los Países Bajos, verdadera encrucijada de los caminos comerciales y políticos, así como de los movimientos ideológicos y religiosos de Europa, favorecía una tendencia evolutiva tanto en el terreno de las ideas como en el de las instituciones, y facultaban a Lesio para comprender mejor los planes de María Ward, adivinando su viabilidad y dándole un gran respaldo.

Suarez, en cambio, miraba más al pasado que al futuro, confiaba más en lo jurídico que en la vida misma y miraba con cierto recelo al incipiente Instituto, atreviéndose a profetizar sobre el futuro del mismo, que sólo en parte habría de cumplirse. Las dificultades que oponía Suarez provenían de una creencia infundada en la incapacidad de la mujer para el desempeño de las funciones apostólicas que no eran exclusivas del carácter sacerdotal. El Señor dio a entender a María Ward su vocación apostólica, precisamente cuando el Concilio de Trento habría venido a reclamar la importancia de la clausura, ya que se pensaba que las monjas donde mejor están es encerradas y cuando se creía que la mujer no servía para hacer nada importante.

En cierta ocasión oyó María Ward al Padre Ministro del Colegio Jesuita inglés de Saint Omer, juzgando al nuevo Instituto y asegurando que todo se vendría abajo porque no son más que mujeres... . Ella aprovechó para replicarle: No existe tal diferencia entre el hombre y la mujer de forma que ésta no pueda llevar a cabo nada grande, como podemos verlo comprobado por los ejemplos de muchas Santas que llevaron a cabo cosas grandes... . Más aún, yo espero en Dios que en el futuro se ha de ver a la mujer realizando grandes cosas... .

Aprovechando esta coyuntura, dirigió una exhortación a las suyas diciendo: ¿En qué somos nosotras inferiores a las otras criaturas para que nos digan no son más que mujeres ?. Porque, ¿qué pensáis vosotras que significan estas palabras nada más que mujeres , sino que nosotras fuésemos en todo inferiores a alguna otra criatura, que supongo es el hombre? . No tengo miedo ninguno en afirmar que tal cosa no es verdad .

María Ward hablaba así a sus compañeras para animarlas a cultivar todo lo bueno que Dios les había dado, porque a ella medias mujeres no le gustaban. Había que rendir al máximo, perdiendo todo prejuicio frente a los hombres, ayudándoles a ser mujeres auténticas, entregadas al servicio del prójimo con sencillez y cordialidad a pesar de las incomprensiones y calumnias que amenazaban su labor apostólica. Alguien ha dicho de ella: El ser precursor es un costoso y arriesgado privilegio y María Ward a quien Dios eligió para el cargo profético y pionero, lo pagó bien caro .

Es muy importante conocer su faceta de mujer valiente y arriesgada, de cristiana auténtica que no ocultó nunca su condición de católica comprometida, a pesar de la cruel persecución en la Inglaterra de su época. Fue en diversas ocasiones en Londres donde desplegó una incansable actividad apostólica ya que lo original suyo estuvo en no conformarse con lo establecido y esta fue la misión a la que Dios le envió al mundo, roturando una nueva época. Empresa grande y arriesgada, pues como dijimos antes, el martirio suele ser la recompensa de los precursores.

En Londres, su inquietud apostólica habría de alcanzar el ímpetu de un vendaval llegando a convertirse pronto en el personaje del día desplegando una actividad infatigable. Tenía habilidad para atraer a los alejados, sostener a los vacilantes, discutir valientemente con otros y al mismo tiempo socorrer a los pobres, atender a los enfermos y visitar a los presos. Toda su inteligencia y su coraje estaban día y noche al servicio de los demás. A Dios -decía ella- le gustaba que confiemos en El cuando El nos da luz para conocer que El confía en nosotros .

María Ward confiaba cada vez más en las grandes posibilidades que en ese campo de apostolado concreto se le ofrecía a la mujer. Bien reciente estaba el caso de la aristócrata española, doña Luisa de Carvajal, la cual, atraída por deseos de apostolado y de martirio, había venido de España en 1605 y siendo apresada en 1613 murió poco tiempo después.

La buena de doña Luisa había ido a parar cerca de donde vivían María Ward y sus compañeras. Allí la encontraron sorprendiéndola en oración con un grupo de amigas. Llevadas por las calles de Londres en un carruaje entre los insultos de la gente que les llamaban monjas inglesas , llegaron a la residencia del arzobispo de Canterbury, que mandó enseguida arrojarlas en la peor prisión creyendo, equivocadamente, que se trataba de las mojas inglesas de Saint Omer y que doña Luisa de Carvajal no era otra que la mismísima María Ward. El embajador español convenció a todos para que soltasen a doña Luisa, menos al arzobispo que hacía tiempo tenía puesta a alto precio la vida de María Ward ya que le temía más que a seis jesuitas juntos .

Personas con ese espíritu, con la libertad de movimientos y con diversidad de indumentarias según cada caso, eran las mejores colaboradoras del sacerdote, que estaba asediado y en peligro constante. Ella vivió con sus compañeras en Londres como si fuera una familia seglar y en más de una ocasión cambió su nombre para pasar inadvertida en su trabajo apostólico.

El arzobispo anglicano andaba picado por la curiosidad de conocer a aquella mujer, de la que tantas maravillas había oído. Enterada María Ward de estos deseos, tuvo la inesperada audacia de presentarse en su Palacio de Lambeth disfrazada con sus mejores galas y acompañada de varias de sus seguidoras. El grupo tuvo una fácil acogida en la residencia del arzobispo, pero éste no estaba allí. El sobresalto de sus compañeras fue grande cuando vieron que ella se dirigía a una de sus ventanas, escribiendo con el diamante de su anillo en uno de sus cristales: He estado aquí a visitaros. María Ward .

La oposición a su obra surgió precisamente en los medios eclesiales ingleses contrarios a los jesuitas. Por parte del clero secular inglés se daba por supuesto que las damas inglesas no eran otra cosa que una avanzadilla de los jesuitas para incrementar aún más su influencia en Inglaterra. La opinión de muchos era que las damas inglesas traían descrédito al catolicismo porque aparecía así como una fe sólo capaz de ser predicada por medio de mujeres ociosas y charlatanas. Esto lo comunicaron a Roma en 1621 y sirvió de elemento perturbador de las buenas relaciones existentes entre Paulo V y el Instituto naciente para aceptar su Plan innovador de acción.

Sí nos llama la atención la audacia y la tenacidad de María Ward para conseguir aquello que ella ve como voluntad de Dios, no menos es de admirar su decisión de ir a Roma a entrevistarse personalmente con el Papa para solicitar la aprobación de su Instituto.

En esos años Europa sufría los desastres de la Guerra de los 30 años . Un viaje como los de entonces, desde Bruselas a Roma constituía una gran hazaña. El recorrido de 2.500 kilómetros a pie, duró dos meses, atravesando los Alpes con los peligros propios de una guerra y las inclemencias del tiempo. Preguntada de cómo iba a atravesar los Alpes, María Ward contestó: ¿Qué otra cosa son los Alpes sino unos montes altos? .

Aconsejada por la Gobernadora de los Países Bajos, la Infanta Isabel Clara Eugenia, viaja de incógnito, bajo un tosco sayal, cubriendo su cabeza con un alto sombrero y con el bordón de peregrina en las manos. No le asustan ni la incertidumbre del viaje ni su precaria salud, llegando a Roma la víspera de Navidad y siendo recibida por el nuevo Papa Gregorio XV dos días después. María Ward debió de hacer un gran impacto al Sumo Pontífice pues contestando éste a la Infanta decía: Dios ha mirado a tiempo a su Iglesia... nos alegramos de que muchas nobles mujeres se agrupen bajo la bandera que ella levanta .

María Ward había ido jalonando los caminos de Europa con fundaciones en los Países Bajos, Inglaterra, Alemania y en Roma se establece con un colegio, bajo la atenta vigilancia del Vaticano. También va a Nápoles y Peruggia y más adelante a Baviera, Austria y Hungría...

Pero los enemigos no pararon hasta ver que este Instituto tan extravagante no siguiera existiendo y además aspiraban nada menos que a la supresión total de esta obra.

¿Cuál era, a todo esto, la actitud interior con que María Ward reaccionaba ante esta persecución?. Porque no nos interesa tanto el saber que fue perseguida sino el verla responder a la bajeza de los hombres. Todos sabemos hasta dónde puede dar de sí la maldad humana; lo interesante es ver cómo reaccionan los hombres o las mujeres grandes ante la pequeñez ajena de que son víctimas. La causa era de Dios y Dios tenía su hora...

Estando en Viena a finales de 1630 le llegó la noticia de que el Santo Oficio de Roma había decretado la supresión del Instituto. La Bula Pontificia se publicó el 13 de Enero de 1631. El 7 de Febrero fue encarcelada María Ward por la Inquisición en Munich por hereje, cismática y rebelde a la Iglesia . Con serenidad y valor imperturbable dijo que nadie tenía que molestarse porque no entraba en sus planes el oponer resistencia. Estoy dispuesta a ir de buen grado a la prisión que quieran... el sufrir sin culpa no es ninguna carga .

Desde la prisión María Ward podía mantener correspondencia con las suyas, que se encargaban de proporcionarle diariamente los alimentos que admitía su frágil organismo. Para burlar la posible censura de sus cartas se valía de procedimientos aprendidos, sin duda, de los católicos encarcelados en Inglaterra. En trozos de papel con los que envolvían la comida, escribía con zumo de limón sus mensajes que se hacían visibles con sólo acercar un poco el papel a una llama.

De esta manera seguía en contacto con las suyas y a través de las de Munich gobernaba el Instituto. Daba la impresión de seguir, desde la cárcel, al timón de la nave en pleno naufragio, dirigiendo con toda serenidad la maniobra de salvamento. Meses después Urbano VIII quedó persuadido de su inocencia y fidelidad. María Ward salió de la cárcel pero la Bula Pontificia de Supresión nunca fue levantada y el Instituto quedó herido de muerte.

La grandeza de ánimo se demuestra en la adversidad. Con el Instituto suprimido y la mayoría de sus seguidoras enviadas a casa o a otros conventos, María Ward después de unos años en Roma intentando inútilmente rehabilitar su obra decide volver a Inglaterra. Allí, en su propio York que le vio nacer, muere rodeada de la pocas compañeras que no habían querido abandonarla. Señalándoles dijo: Estas son mis fieles... .

Con ellas el Instituto seguiría adelante.

Con este grano de trigo caído en tierra, surge un Instituto en pobreza y desamparo que irá, poco a poco, a lo largo de los siglos cumpliendo con el ideal y el espíritu marcado por su fundadora y como ella, contando en muchas ocasiones con la dificultad, la incomprensión y el dolor.

Hay que agradecer a María Ward el que no contemporizara con quienes pretendieron recortarle las alas a su proyecto. Gracias a ella, en gran medida, las mujeres pueden hoy actuar en el apostolado de la Iglesia con una amplitud y una dedicación que en su época era impensable. Por eso la rehabilitación de su figura ha sido cosa de estos últimos tiempos ya que tuvo que arrastrar durante muchos años las tristes consecuencias de tantas acusaciones.

Desde tiempos de María Ward hemos tenido diferentes nombres: Madres de la Compañía de Jesús (antes de la Supresión), Jesuitisas, Damas Inglesas, Vírgenes Inglesas, Madres Irlandesas... según épocas, países y diferentes ramas de este gran árbol que es la familia de María Ward.

Hoy el Instituto de María Ward tiene dos Generalatos bajo los nombres de Instituto de la Bienaventurada Virgen María Loreto y Congregatio Jesu, ambos en Roma. Juntos abarcan muchos países de los cinco continentes.

En nuestros días siguen existiendo iniciativas entre los cristianos, que pueden suponer un reto semejante al planteado por María Ward en el siglo XVII: formas nuevas y más eficaces de participación de los laicos en el apostolado de la Iglesia; diaconado y ordenación de las mujeres de modo que puedan integrase en plena igualdad de derechos con los hombres, dentro de la estructura eclesial; nuevas formas de entender y vivir las verdades que estructuran y transparentan la fe en un mundo que plantea retos inéditos; problemática renovada en el tema matrimonial, sacerdotal y vida consagrada; una espiritualidad sumergida en el mundo sirviendo de cauce para el bien.

No cabe duda de que ante los problemas y esperanzas del mundo de hoy, sería deseable una flexibilidad en las estructuras de la Iglesia con capacidad para alumbrar las soluciones más insospechadas bajo el impulso del Espíritu. La palabra la tienen los hombres y las mujeres que sepan dejarse llevar de su impulso y de sus sugerencias con el mismo valor, la misma libertad y el mismo amor a Jesús y a su Iglesia que caracterizaron a María Ward.

No pretendo en este libro una investigación exhaustiva que ya ha sido hecha por muchos expertos. Quiero que te llegue, lector o lectora, la historia de esta gran mujer y la de su Instituto como un mensaje cercano que cale en los cristianos que buscan proyectos atrevidos y osados en un mundo que está falto de ideales jóvenes y comprometidos, que traigan justicia y libertad para todos.

¡Ojalá acierte en este empeño!

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