eBook Poema Misal, Jose Mascaraque Diaz-Mingo
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POEMA MISAL 

por el autor   Jose Mascaraque Diaz-Mingo


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ISBN: 9788499839462
Tema: Literatura - Poesía
Editorial: VISION NET
Fecha publicación: 2010
Idioma: Español

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Reseña

SOBRE LA POESÍA Y LA CELEBRACIÓN DE LOS SAGRADOS MISTERIOS Uno de los pensadores de la Patrística griega, el Pseudo-Dionisio Areopagita, en los primeros siglos de la Iglesia afirmaba que la Celebración del Misterio Eucarístico constituye la perfección de la perfección. Lo que significa que la acción de la Iglesia más bella y más excelsa es el gran Sacramento que reúne en Pueblo Nuevo de Dios a quienes, en actitud creyente, celebran el Misterio Pascual del Señor Jesús: Su Muerte, Sepultura y Resurrección, como revelan las Escrituras. De hecho, cuanto en la Iglesia no es celebración se reduce a simple entretenimiento, aunque sea entretenimiento piadoso, o empleo en actividades exteriores, o mera interpolación. Por el contrario, el ejercicio litúrgico es cuanto da sentido y consistencia a la Iglesia; y la mantiene esbelta, atractiva, exultante e iluminada por el esplendor de la Belleza, que origina y prodiga el Misterio de lo Santo. Es sabido, o debiera serlo, que en toda Celebración se desbordan a torrenteras vivas la Gloria Infinita de Dios, y su Belleza, que es la reverberación inefable que la precede y sigue después su rastro. Celebrar, por consiguiente, es sentir cómo de pronto se pone a palpitar el corazón, y no cabe en la caja del pecho, y todo el ser y la creación misma -los valles, los montes, los mares, los ríos, el circular de las estaciones, el día y la noche- se estremecen y dan gracias; vitorean, aplauden y cantan. La celebración de los Santos Misterios siempre remite a la exultación y al éxtasis. Subraya la Constitución Sacrosanctum Concilium (4.XII.1963) que la Eucaristía es la fuente y el culmen de la vida y la misión de la Iglesia; y siempre que los creyentes, a la hora de celebrar, se dejen tocar el cogollo del alma por las manos salvadoras del Espíritu de Dios acontece en ellos una inexpresable experiencia de arrebato que no es de este mundo. Todo el prodigio de los Santos Misterios, gracias a la mediación de la Liturgia, acontece hic et nunc, porque, ahí está la eficacia sacramental, la Liturgia no repite. Tiene la virtud de convertir a quienes participan en ella en contemporáneos de aquellos hechos santos que el rito significa y realiza. El titubeo, el embeleso y el encandilamiento del corazón debieran ser lo habitual en todo acto celebrativo; o séase, la mística. El futuro que tiene que llegar vendrá por el territorio de la Mística guiado, claro está, por los poetas, maestros de estupor. En su Carta Apostólica Mane nobiscum, Domine (7.X.2004) habla Juan Pablo II de la necesitad de vivir el estupor eucarístico teniendo bien abiertos los ojos del alma a lo que se celebra; y pasar de los signos a la mistagogía. Es hora que la Iglesia vuelva a abrir sus brazos de par en par a los poetas. El material con el que ellos trabajan posee una profunda veta sacramental, esto es, de adivinación y sobresalto. La pastoral de hoy día, catequesis, grupos de oración, y sobre todo la celebración de los Santos Misterios, requiere una fuerte dosis de poesía. Cuando se prescinde, tal vez adrede o casi, de la poesía desaparecen también la sorpresa y el asombro, y se pasa delante del Misterio como si tal cosa. De ahí a reducir el quehacer pastoral a mera rentabilidad y eficacia parroquiales hay un simple paso. Está más que constatado el siguiente dato sociológico: Alrededor de los hombres y mujeres de esta época, harta de todo y de nada, se aglomera una muchedumbre de gente solitaria carente de expectativa, decepcionada, abandonada a su propio disgusto, prosaica y repetidora. Se trata de una sociedad que debería tener la oportunidad de poder agarrarse al clavo ardiendo de la Belleza. Explicaba Kant que toda realidad pasa por tres etapas: la Lógica, la Ética, la Estética. Ahora está apuntando a duras penas el momento de la Belleza y, por lo tanto, de la contemplación y el canto. Y esa indescriptible experiencia, alborozada y resplandeciente, que surge como un milagro del manantial de toda sorpresa que es lo nuevo (Antonio Oliver, C.R., en Teología del gozo. Hacia el hombre nuevo, Madrid 2007). Lo nuevo es bello, atractivo y origen de maravilla y de sorpresa, la dimensión más profunda del ser humano. En rehacer en cada época tal dimensión consiste el oficio del poeta. Éste escribe, confesaba José Hierro, para decir lo que no se puede decir; y Novalis: Cuanto más poético es algo, más verdadero. En el día de hoy se impone, dentro de la Iglesia, en primer lugar, rescatar la Belleza, puesto que el mundo actual está saturado de racionalismo y ha puesto en cuarentena la ética. El profesor y Cardenal Hans Urs Von Balthasar, convencido de que los argumentos demostrativos de la verdad han perdido su contundencia, se puso a escribir su gran libro Gloria, un inmenso tratado de teología de la Belleza en respuesta a las profundas carencias espirituales de hoy. Todo lo anterior viene a dar ocasión a comentar con deleite y agradecimiento el nuevo y magnífico libro de José Mascaraque Diaz-Mingo, Poema Misal. Sus páginas son, aparte de un inapreciable regalo exquisito para la meditación, un conjunto admirable de sugerencias para ayudarnos a entrar en la Celebración de los Sagrados Misterios. Tal vez hoy en las parroquias el personal ande verdaderamente necesitado de poemas misales. Estaría muy bien que leyeran el presente libro los agentes de pastoral al uso, los responsables de los grupos de liturgia del arciprestazgo, quienes echan de menos todavía el Misal de San Pío V y también cuantos se disgustan, vaya por Dios, porque nadie echa de menos sus anáforas ciclostiladas. El poeta Mascaraque, un cura que dice la misa en su iglesia de barrio y a quien ayuda un monaguillo que representa probablemente a todos los monaguillos de la historia, a quienes dedica el poemario y la ternura, ha tenido el valor de poner en nuestras manos un libro atrevido. Ingenuo, incluso; y hasta muy inocente, quién lo dijese. Ya antes del íncipit nos previene con algunas citas: La Belleza sal


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