libro Y sembraron la cizaña, Lopez Rodriguez Gervasio

Y SEMBRARON LA CIZAÑA 

por el autor   Lopez Rodriguez Gervasio


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ISBN: 9788416101276
Tema: Literatura - Narrativa fantástica
Editorial: LIBRALIA
Fecha publicación: 2014
Páginas: 284
Idioma: Español

España      |  


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En papel Librería 213 en Valladolid Capital 10 US$ 18.66
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Reseña

El valle de B tenía un no sé qué de trasplantado o de removido, un cariz como de sorpresa o de ostensible incrustación, con la ubicación entre llamativa y vocinglera de esos bibelots, filigranas o requilorios excesivos que se advierten en los muebles caros, que terminan siempre por cobrar prestigio de blasón o por cosechar toda clase de atenciones y de elogios. Semejaba haber sobrevenido como de un erial expoliado, brotado con la voluptuosidad ubérrima de un oasis o con la pujanza feraz e irreductible de la planta que germina en el terreno más nutricio. Las tierras que lo circundaban eran yermas, con las facies de sus laderas despojadas o desguarnecidas de verdor; con un relieve impetuoso, tartamudo de cortados, de vaguadas y de picos, donde la vida parecía haber dimitido casi por entero, harta ya de sobreponerse a tanta dificultad. Se antojaba siempre un reto, un escollo que afrontar, una suerte de desafío indiscernible que el viajero tendría que superar para conseguir llegar al valle, a ese premio deseado y promisorio que se oteaba desde la distancia; pero el interior de éste tenía, también, mucho de maltrecho y descompuesto. Poseía el valle una belleza falsa o impostada, una pátina de engaño o de añagaza que al poco se resquebraja y se levanta, descubriendo qué se oculta bajo ella; un lustre muy somero, muy efímero, que esconde cierta putrescencia o deterioro, como esas mujeres ya maduras, apenas resignadas, que se embadurnan el rostro con afeites y toda clase de potingues untuosos para ocultar las ajaduras propias de la edad. En lo profundo de sus florestas, reventonas de castaños, de loureiras, de acebos y de robles, se recogía el hedor pernicioso de las asechanzas más malévolas; en sus encrucijadas, santificadas siempre por cruceiros y por algún que otro peto de ánimas, se asentaba el mal con tozudez, con la fijeza incorruptible de los tontos o de los obsesos; y en sus gentes? 1La puerta se abrió con un quejido lastimero, con uno de esos rumores estrepitosos, entre siniestros y atormentados, en los que se perciben ciertas ínfulas de sobresalto hasta que, finalmente, desfallecen por los desprendimientos de la herrumbre o por las afecciones de la carcoma. Al otro lado, una escalera ya vetusta, en ciernes moribunda, se dejaba entrever en la penumbra; brotaba de sus peldaños resquebrajados, casi a modo de emanaciones perniciosas, un hedor mefítico, una suerte de corrupción insalubre que atestaba el zaguán y henchía la nariz de repeluzno. La bruja extendió el brazo y se iluminó con el candil. Frente a ella la llama tremolaba con cierta timidez, animada por una leve brisa de origen desconocido, tal vez proveniente de una rendija inadvertida o de un viejo mechinal ya casi impracticable. La sombra de la mujer se proyectaba en las paredes, enteca y difuminada ?la lumbre le contagiaba un temblor casi telúrico, una tiritera inagotable y como artrítica que le hacía parecer enfermiza?, como remedando esos espectros que recorren nuestros sueños. Con un paso entre lento y atolondrado, quizás titubeante ?parecía amenazar derrumbe, zozobrada o sacudida en los cimientos?, comenzó a descender por la escalera. El crujido de la madera combada semejaba acompañarla en su camino, como esas salmodias tristes que se entonan en los entierros y terminan siempre por acompasarse al son del llanto y al ritmo lánguido y procesional del desfile. Al llegar abajo, otra puerta se interponía ante ella; mucho más pesada que la anterior, mucho más?segura.Tras abrirla, entró en la estancia.El olor era ahora mucho más fuerte. Tenía una consistencia pesada y oprobiosa, como de violencia enmascarada o subrepticia ?al percibirlo parecía golpear a uno en el cerebro, justo donde se incrusta en éste la nariz?, pero a la bruja parecía dársele un ardite; sin apenas fruncir el ceño ?ya las arrugas se lo mantenían encogido o como subyugado?, echó a andar. El suelo era blanduzco, casi acogedor: un terreno aireado y humedecido donde los pies se hundían hasta los tobillos y se anclaban allí hasta el paso siguiente, una trampa de légamo que en personas más miradas hubiese causado congoja y hasta espanto. Dio un paso más, se detuvo y escrutó la oscuridad. Luego esbozó un gesto como de cansancio, como de costillas acuchilladas por la vejez y por el reumatismo, profirió un quejido y se recolocó el saco de arpillera que llevaba a la espalda. La luz del candil iluminaba unos cuantos metros a su alrededor, en un arco titilante e indeciso que dejaba el resto de la habitación en el más oscuro secretismo.Bajó la vista unos segundos, dejando que su rostro se entenebreciera por ese secretismo. Contempló el suelo. El pavimento estaba cubierto por una espesa capa de lo que parecía ser paja. El légamo negruzco que la embadurnaba le confería una consistencia pegajosa y repugnante, como de estiércol abundante; recordaba a esas cuadras cochambrosas donde se hacinan las reses menos afortunadas.¡Y los gañidos brotaron al instante en torno a ella! Sonaban roncos, adormecidos y despreocupados, y tenían un cierto deje acuoso, como de pulmones enfermados o escrofulosos. Algo más allá, apenas unos pocos pasos más, donde la luz se hacía inútil y lejana, se percibía una respiración sibilante, casi ofidia, que semejaba interpelar a la bruja con insistencia. Resultaba aún más maltrecha que las otras, amortajada de esputos y expectoraciones, con una cadencia irregular y tortuosa.Pero a la bruja parecía no importarle aquella algarabía como convaleciente. Impertérrita, se dirigió hacia el centro de la estancia, donde había una pequeña lámpara de aceite que encendió con la ayuda del fanal.?Hola, hijos míos ?saludó.Por toda respuesta, los gañidos se hicieron más audibles, como teñidos de una urgencia que parecía hacérseles incontenible. Alguno de ellos, quizás más espontáneo que sus hermanos, comenzó a golpear la pared con fuerza, a modo de saludo embrutecido. Otros, los menos impedidos o los más resueltos, se pusieron en pie. Al incorporarse, una batahola de crujidos vertebrados se sumó a la letanía moribunda que componían los gruñidos. Restos de aquel estiércol antrópico se les quedaban prendidos en las carnes y en las vestimentas, para caer de nuevo al suelo con un ruido humedecido o enfangado.-¡Venga!¡Acercaos! Es la hora de la comida ?anunció, con una sonrisa en los labios?. Estaréis hambrientos, ¿no??Arggg?grrrrr?.gññññ ?se escuchó a su alrededor, con cierto bullicio entorpecido de vocales.Pronto quedaron a la vista, como en esos desfiles grotescos e infamantes que acostumbran a darse en compañas no muy santas, los hijos de Lucinda. Tenían las cabezas casi despobladas, los arcos ciliares sobresalientes y los ojos, clareados por la permanente oscuridad, como de porcelana viscosa. Sus pieles semejaban traslúcidas e interrumpidas de varices, aunque el tizne de humores nauseabundos que las cubría les diese ciertas notas de color. Parecían una panoplia de mutilaciones y deformidades, casi el enloquecido resultado de ensamblar esas colecciones de exvotos que tanto se muestran en los lugares de culto.Al instante la rodearon. Unos se arrastraban hacia ella; otros, se acercaban con paso titubeante. Los más enfermos, se limitaban a vociferar el nombre de su madre, entre esputos e imperfecciones lingüísticas.?Ya os echaba de menos, queridos hijos ?dijo entre sonrisas, mientras los cubría de caricias y de besos sin escrúpulo. Ellos se dejaban querer, arrobados por el mimo y por las muestras de amor. Acercaban sus cabezas a las manos de Lucinda, se las ofrecían sin temor y aguardaban el contacto áspero y sin embargo salvífico y cariñoso. Esbozaban lo que se podría interpretar como una sonrisa amplia, generosa de dientes renegridos, abigarrada de caries y de asomos de podredumbre, y musitaban un arrullo de placer, como haría un cachorro o un pelele complaciente.?Venga, venga. Dejadme en paz, que no tengo mucho tiempo.Apartándose de ellos, Lucinda abrió el saco que llevaba a la espalda y vació su contenido en una especie de pesebre que había en un extremo de la habitación, apenas un cajón medio roto, donde las moscas rebullían frenéticas en torno a las costras untuosas que agraviaban los costados de la caja.La carne que había en el interior del saco cayó envuelta en un líquido pegajoso, de un color sanguíneo levemente distorsionado por la luz de la lámpara, y se despanzurró en el fondo de la artesa.?Hoy estáis de suerte. La caza se ha dado bien, así que hay de sobra para todos ?dijo de buena gana, al tiempo que extendía la carne con sus manos?. ¡Venga! Daos prisa, que aún se le nota cierto calor.Un gruñido de satisfacción brotó de aquellos cuerpos maltrechos. Cuando la mujer se apartó, se abalanzaron sobre la comida con una avidez como de cochino, voraz y carnívora, y comenzaron a comer.?Ahora he de irme? anunció, encaminándose a la salida?. Me esperan unos clientes. Portaos bien.Un ruido de masticación grosera la acompañó hasta la puerta; un ruido estrepitoso, abundante de jugos y de los tropezones que parecían rebullir entre aquel batir de mandíbulas piorreicas y renegridas por la podredumbre.

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