libro ADAN EN EDEN, Carlos Fuentes

ADAN EN EDEN 

por el autor   Carlos Fuentes


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ISBN: 9786071103062
Tema: Literatura - Literatura
Editorial: ALFAGUARA
Fecha publicación: 2009
Páginas: 184

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El Salvador      |  


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Reseña

Adán Gorozpe es un arribista, y lo reconoce sin ambages. Su matrimonio con Priscila, codiciada heredera del poderoso empresario Celestino Holguín (mejor conocido como el Rey del Bizcocho), fue un afortunado lance que, en palabras llanas, se llama “dar el braguetazo”, y lo llevó de pobretón pasante de la carrera de Leyes a influyente abogado empresarial dueño de vidas y haciendas, aún más encumbrado que su suegro. Como le queda claro que la dicha conyugal, si acaso estuvo en sus planes, jamás llegará, establece una tajante frontera: de un lado quedan el tedio matrimonial y la ridiculez familiar, y del otro su esfera de poder y los encuentros eróticos con su amante Ele, real mujer de su vida. Así las cosas entra en escena Adán Góngora, ministro a cargo de la seguridad nacional, chiquito, pero picoso: minúsculo hombrecito por su baja estatura, pero gran calamidad por los alcances de su malicia. Dada la corrupción gigantesca de las fuerzas del orden, en las que la mitad de los policías son criminales y la mitad de los criminales, policías, tiene plena certeza de cuál es la mejor estrategia para combatir ese caos: “Todos sabemos que la seguridad nacional es insegura. Las fuerzas del orden se alían fácilmente con las fuerzas del desorden. Los policías ganan sueldos de miseria. Los criminales les multiplican el sueldo. De tres mil pesos mensuales a trescientos mil. El Ejército nacional hace labores impropias de la fuerza armada. Es un Ejército dedicado a labores de policía y derrotado por los criminales, mejor armados que ellos… Yo haré una limpia de las fuerzas del orden. Menos policías y mejor pagados. A ver si así”. Pero, en los hechos, los métodos de Góngora son espeluznantes: se alía con los peores criminales y encierra o manda matar a los menos aptos; encarcela inocentes y a veces a uno que otro culpable, exhibe a éstos y a aquéllos y se gana a la opinión pública como garante de la justicia; también procede contra clasemedieros con dificultades hipotecarias y uno que otro millonario, para dar sabor al caldo; falsea las estadísticas de la lucha contra el crimen con su cosecha propia de jóvenes inocentes a los cuales manda asesinar y luego presenta como presuntos guerrilleros… Un día, Góngora le propone a Gorozpe coludirse para elevar su jueguito al más alto nivel público: “Todos los políticos están quemados. Son inútiles. No saben gobernar. No saben administrar… ¿Qué tal si usted y yo, tocayo, apoyamos a un candidato imposible para la primera magistratura del país?”. Ese candidato, claro, sería Gorozpe, sólo que para este momento éste sabe que debe deshacerse de Góngora, o al menos neutralizarlo. Está asqueado del personaje, de sus métodos, de tanta podredumbre. Incluso los cerdos ponen límites a la mierda que tragan. Y para mayor inri, un condimento: Góngora y Priscila parecen haber iniciado un affaire. ¿Cómo proceder contra tan formidable adversario? ¿Cómo detener el remolino que arrastra al país hacia la cloaca? La única vía abierta siempre es la del espíritu. Ciega e irracional, pero también poderosa, avasalladora, la fe sigue ahí. Un Niño Dios alado empieza a predicar en medio del tráfico de la mayor avenida de la ciudad y su madre, la Virgen, lo acompaña. Las alas del niño son postizas y su madre es quien se las coloca, pero eso no importa. La gente cree, quiere creer, necesita creer, y eso basta. La novela ofrece un gran final que da destino a todos los personajes, sin descuidar a ninguno, a través de la irrupción de los Sigfridos, brazo armado de la muerte que, convocados por Adán Gorozpe, llegan para arrasar con la plaga.

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